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domingo, 6 de noviembre de 2016

Libros que dejan huella

Cuando era pequeña y lo suficientemente grande para saber leer, mi madre sufría porque sólo leía cómics. Años después se asombraba de qué mi biblioteca era mas grande que la de ella. 
Mi casa siempre estuvo llena de libros y a mi mente llega el recuerdo de verla ensimismada leyendo ediciones de todo tipo. Le encantaba la poesía pero disfrutaba de las novelas de intriga de las que no se podía despegar. Quizás Neruda era su poeta favorito. Dostoyevski era con "Crimen y Castigo" una de sus recomendaciones habituales. La recuerdo en aquel sillón negro, con respaldo de botones qué marcaron una época...

El caso es, que hoy, removiendo los libros qué me acompañan, que no son todos, me doy cuenta que al igual que las canciones te recuerdan una época, una persona o una historia; títulos y autores protagonizan capítulos de mi vida. No viene a cuento ahora narrar esos pasajes de mi historia. Quizás algún día...


Hoy os recomiendo un autor qué me cautivó. Es cierto que hace mucho que no busco su obra en las librerías, pero lo haré. Las publicaciones de los más destacados o recomendados eclipsan a los que tuvieron luz propia en otros tiempos.
Mi recomendado se llama Luis Sepúlveda. Nació en Chile en 1949. Ha escrito un montón de libros de los qué, hoy, os recomiendo: "Un viejo que leía novelas de amor", "Historias marginales" e "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar".

Luis Sepúlveda eligió Asturias para vivir en 1997. No tuve oportunidad de conocerlo personalmente, pero me consta que es una persona excelente y un gran escritor, además de un defensor de la libertad.

Desde éste rincón doy las gracias a quien me lo descubrió, otro gran escritor y editor, pero sobre todo amigo, con el qué descubrí a autores que en aquellos días no eran tan famosos como hoy.

martes, 14 de junio de 2016

Relaciones de hospital

No recuerdo cómo llegó, sí que la recuerdo vestida con un pantalón blanco y un jersey con dibujos difuminados en rojo, unas letras a la espalda y unas botas como las de caminar por el monte. Sonriente y con bromas siempre llegaba a ver como iba el traslado que acababa de traer al servicio de urgencias. 
Calmaba a una niña de apenas seis meses qué lloraba desconsoladamente al intentar sondarla...
Hubo charlas, hubo empatía y el tiempo pasó y una detrás de la otra cambiamos el escenario. Coincidimos en las redes cuando pocos las usaban. 
Un par de veces tomamos café. Una vez salimos a cenar con nuestras eventuales pseudoparejas. 
Una amistad que cumple la mayoría de edad y ahora iniciamos un proyecto en común, forjada entre los muros del hospital.